La editorial zaragozana GP Ediciones ha publicado recientemente "Lem y Grandullón", un comic de Miguel A. Giner como autor completo. En un futuro post-apocalíptico, después de lo que se conoció como la Gran Crisis, Lem, un humano, se dirige en busca de trabajo a una residuadora junto al robot Grandullón, un modelo viejo y desactualizado con problemas de memoria. Al llegar a su destino, el encargado de la fábrica les encarga sus tareas, conociendo al resto de robots que trabajan allí. Pero también hace acto de presencia Clarke, el hijo del encargado, un tipo engreído y sin sentimientos que odia a los androides y busca provocar a Grandullón. Por si eso fuera poco, se ha tenido que hacer cargo de una niña, obligado por las autoridades, a la que tiene que tratar como a una hija. Lem le explica a Grandullón que Clarke va a provocarle, por lo que le pide al robot que no se meta en líos. La llegada de la niña, una malcriada, hará que tenga problemas con Grandullón cuando le amenaza con desprogramarlo, con fatales consecuencias.
El trabajo como guionista de Miguel A. Giner es su faceta más conocida, junto a Cristina Durán en "Una posibilidad entre mil", "Cuando no sabes qué decir" o "El Día 3", y otros trabajos como "El misterio de la mansión quemada" con Núria Tamarit y Xulia Vicente o "El misterio de la montaña muerta" con Susanna Martín. Como dibujante se prodiga menos, aunque tiene en su haber como dibujante "Astucia LaPerla. Luna roja, corazón negro" de Stygryt. En "Lem y Grandullón" se ocupa de guion y dibujo, su primer comic en solitario, y además de dibujar una de las cosas que más le gustan, los robots, nos cuenta una historia de amistad entre el humano Lem y el robot Grandullón, en un entorno de ciencia ficción desolador tras una gran catástrofe provocada por los humanos. Pero también es una historia que nos emociona por su ternura, y la soledad encarnada en Grandullón, al que le falla la memoria y que podríamos hablar de discapacidad por el paso de los años, el cual podría acabar en el desguace. Por otra parte no podía faltar la maldad por parte de los humanos, en este caso el hijo del encargado, con un odio terrible hacia los robots donde Grandullón paga los platos rotos, en un final triste pero también con un giro de guión esperanzador. Una obra con diferentes niveles de lectura llevada con maestría por Giner, que con un dibujo sencillo y una paleta de color en tonos apagados nos deja una buena sensación.



